No todo es oro en la SuperBowl

Quizá muchos de ustedes recuerden aquella escena de la película Jerry Maguire en la que toda una familia contiene la respiración cuando ven a su marido/padre/hijo, etc. tumbado en el suelo, tras un duro placaje [hablamos de la NFL, para los despistados].

Esa imagen refleja una realidad en el mundo del fútbol americano: las lesiones cerebrales son la espada de Damocles que cuelga sobre las cabezas de todos los que deciden jugársela en este deporte. Y que te suceda en un estadio repleto de espectadores y en un equipo profesional, casi puede ser considerado una suerte.

Marqwayvian McCoy at home in his jersey (Dustin Chambers)
Marqwayvian McCoy at home in his jersey (Dustin Chambers). The Atlantic

Aun así, para muchas familias afroamericanas sigue siendo la última esperanza, la única opción para salir de la miseria. Una vez más, las diferencias entre las razas se hacen patentes y la desigualdad se asoma entre las rendijas del casco que protege de algunos golpes, pero no de los de verdad.

Una realidad que tiene su versión más cercana a nosotros en las familias que cada noche se acuestan para soñar que alguno de sus hijos se convierta en el nuevo Messi, tan bien retratada por nuestro buen amigo Hernán Zin en su documental “Quiero ser Messi“.

Pero en The Atlantic lo explican mejor que nosotros.

Quiero leer la historia de Shantavia Jackson

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